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Margarita Ebner

Nacida en Donauwörth, Baviera, alrededor de 1291, fue educada en la casa paterna en las virtudes y en las letras, como correspondía a la nobleza de su familia. Alrededor del año de 1306 tomó el hábito dominicano en el monasterio de Medingen, en la diócesis de Augsburgo, cerca de Dillingen, dedicado a la Asunción de la Virgen Madre de Dios. En 1311 llamada a mayor conversión para cumplir en todo la divina voluntad, emprendió a ejemplo de su Padre Domingo, una vida de mayor perfección "salvadora para sí misma, ejemplar para los hombres, agradable a los ángeles y grata a Dios".

Entregada a una vida de gran austeridad, se abstuvo permanentemente del vino y las frutas, a pesar de que desde 1312 padeció con frecuencia graves enfermedades que en varias ocasiones la tuvieron al borde de la muerte. Robustecida con los dones del Espíritu Santo y unida a Cristo a través de muchas aflicciones subió cada día hacia Dios por todos los grados de la contemplación.

La política de la época jugó un papel de especial importancia en la vida de Margarita Ebner y de las monjas de Medingen, quienes, durante la guerra de Luis de Bavaria contra el papa, en 1324 debieron abandonar su monasterio durante dos años de 1324 a 1326. Margarita estuvo esos dos años junto a su familia en Donauwörth, antes de poder retornar a Medingen. Sin embargo en 1328, Luis fue excomulgado por el papa y Alemania puesta en entredicho, lo que se tradujo en la privación de la celebración de los sacramentos, centro de la vida monástica.

Su piedad mística se vio estimulada desde 1332 especialmente por su amistad con Enrique de Nördlingen, de quien se conservan 56 cartas dirigidas a Margarita, y quien la impulsó a poner por escrito sus experiencias místicas que se caracterizan por una profunda devoción a Cristo y por la compasión hacia las almas del purgatorio. Por fin, el año 1347 alcanzó la suma unión de su alma con Dios, insigne experiencia mística cuyo testimonio autobiográfico aparece en sus "Offenbarungen" ("Revelaciones"), que tratan de la participación en la pasión de Cristo vivida por Margarita hasta la extrema consumación física y que se manifiesta también en la colección de elevaciones espirituales llamada "Padre nuestro", en que Margarita nos instruye en el amor divino. Para la redacción de sus "Revelaciones", Margarita contó con la ayuda de Elsbeth Scheppach, quien le sirvió de amanuense aún después de haber sido elegida priora del monasterio en 1345.

Entre las grandes tribulaciones que Margarita tuvo que sufrir estuvo también el exilio de su confesor Enrique de Nördlingen, en 1338, por haberse negado a romper el interdicto lanzado contra el emperador alemán.

Amiga de Juan Taulero, estuvo también en frecuente relación con los entonces llamados "Amigos de Dios". Murió el 20 de junio de 1351. Enterrada en la sala capitular del convento, que pronto quedó transformada en capilla, su cuerpo se venera hoy en la iglesia del convento de las franciscanas en Medingen. Su culto inmemorial fue confirmado y ratificado por Juan Pablo II el 24 de febrero de 1979, y su memoria litúrgica se celebra el 20 de junio.

Entre otras cosas, en su Offenbarungen, Margarita externa su humana necesidad de afecto:

Yo tenía una hermana quien Dios me había dado para consuelo en el cuerpo y alma y quién me era muy fiel. Por el plan divino ella me sirvió alegremente a lo largo de los años y me protegió de todas las cosas que podrían perturbarme. Aun cuando por causa de mi enfermedad yo era dura con ella, mientras me servía, nunca me lo reprochó.

Pero Dios permitió que enfermara gravemente. Ambas estábamos enfermas entonces, y ella sufrió pacientemente muchos dolores... Cuando comprendí que su final se acercaba, alegremente hubiera muerto por ella.

Me pidió que rezara por ella mi Pater Noster, porque ella sabía que siempre que lo rezaba los pesares me eran más fáciles de sobrellevar... Entonces me volví a ella... y con ella estuve hasta que murió.

Lloré sin cesar durante muchos días. No podía pensar en nadie más ni poner atención a quienes antes amaba. Llegó un momento en que pensé que no podría sobrevivir sin ella...

Viva o muerta, ella siempre estuvo en mi pensamiento. Hasta que, mientras dormía, tuve un gran consuelo... Yo la vi claramente. Dijo: "Cuando llegue tu fin, Dios mismo quiere estar allí, con todos sus santos, y yo también estaré con Él". Con esto recibí tanto consuelo, que no puedo dejar de escribirlo para todos.

A pesar de ello, el dolor por mi hermana no cesó, aunque de ella obtuve esa paz, humildad, amor, y la prueba de lo que yo deseaba. Habíamos vivido siempre en paz y unidad, sin preocuparnos por lo que provocó el exilio del monasterio. Por esta razón, yo buscaba ansiosamente a dónde volverme para apartarme totalmente del mundo.

Poco después de la muerte de la hermana de la que habla Margarita, conoció a Enrique de Nordlingen, el "verdadero amigo de Dios". Durante seis años él la visitó tan a menudo como se lo permitían sus deberes; después de su exilio en 1338, comenzó su intercambio epistolar. Aquí, Margarita describe el origen de su libro:

Yo pregunté por el verdadero Amigo de Dios a quien Él me había dado como un gran consuelo para contarle él lo que Dios me había dado. Yo pensaba que él debía ser el autor, pero eso no podía ser. Me dijo que yo debía comenzarlo y debía escribir todo que Dios me daba.

Aquello me resultaba difícil, y comencé con renuencia. Al comenzar tenía estaba aterrada. Entonces supliqué la ayuda misericordiosa de Dios y de su amado evangelista san Juan para escribir la verdad que él había bebido del dulce corazón de Jesucristo.

Comencé entonces, durante el Adviento, antes del Nacimiento adorable del Señor Jesús... Era mi voluntad y deseo, actuar de acuerdo al adorable deseo de Dios, y obedecer a quien me había ordenado hacerlo todo en honor de Dios. Mi fiel Jesús fue mi ayuda poderosa para ello, y Él me prometió lograrlo.

Muerta su compañera y exiliado Enrique, Margarita encontró consuelo en una imagen del Niño Jesús. Hasta la actualidad, estos pasajes han sido muy cautelosamente tratados por los comentaristas:
Entonces, mientras escribía este pequeño libro, el más grande deleite la más dulce gracia que vinieron a descubrirme la niñez de nuestro Señor...

Tengo una imagen del Señor como niño en el pesebre. Me atrajo poderosamente con deleite y deseo, y por su graciosa solicitud. Esto me dijo mi Señor: "Si tú no me alimentas, entonces yo me retraeré de ti y no encontrarás delicia en mí". Así que saqué la imagen de su cuna y lo puse contra mi desnudo corazón con gran deleite y dulzura, y percibí entonces más fuertemente la gracia de la presencia de Dios...

Ardo continuamente con el fuego que de Él proviene, y estoy llena de su presencia y por su dulce gracia soy atraída al verdadero goce de su Ser divino, con todas las amadas almas que han vivido en la verdad.

Durante casi 20 años, hasta la muerte del Emperador Luis IV en 1347, Alemania estuvo en entredicho. En el monasterio de Santa María de Medingen, a las monjas se les permitió decidir por ellas mismas, asistir a misa o recibir la comunión. Para Margatira esta decisión no fue una luz; estuvo luchando una y otra vez con la decisión.

Mi conciencia no estaba cargada con la condición de Cristiandad afligida, sin embargo, muchas veces tuve que irme sin comulgar. Nuestra Orden nunca se sujetó a otras autoridades, como otros lo han hecho. Por eso, porque nuestro monasterio estaba limitado por la ley, a nosotras nos permitieron actuar de acuerdo a nuestra conciencia.

Todo el tiempo tuve esta firme convicción en mi corazón: si supiera que recibiendo la sagrada Comunión o asistiendo a Misa actuaba contra Dios, moriría antes que actuar de esa forma. Puse esto ante la fidelidad de Dios y dije: "Señor, si Tú me permites que con esto actúe mal, entonces deberás hacer la penitencia por mí". Y Dios me contestó: "Tú debes venir a Mí; Yo no te dejaré de ahora en adelante. Si alguien me desea con amor verdadero, Yo nunca lo rechazaré".

La condición de Cristiandad afligida sobre la situación que se presenta aquí, es el conflicto entre el Emperador que ella admiró y la Iglesia a la que estaba consagrada.

Yo anhelaba conocer el designio de Dios en la presente confusión de la Cristiandad. No se me dio ninguna respuesta, salvo que había sido causada por los pecados y la debilidad de los hombres.

También me fue revelado que, a causa de esto, era justo que hubieran perdido el derecho de recibir la sagrada comunión, con el amor debido y temor del amor divino, durante este tiempo. Pero a aquellos que recibieron la sagrada Eucaristía con el amor debido y total confianza, Cristo se les daría también en el amor verdadero, porque sólo Él sabía toda la verdad.

Sobre las dudas de Margarita, acerca de sus visiones y experiencias:

Antes de maitines, mi Señor Jesús me puso en una tan indescriptible miseria y una sensación de abandono tal, que parecía que nunca hubiera experimentado su gracia en toda mi vida. Yo había perdido completamente la confianza en su misericordia. Me quitó todo aquello que había recibido. La verdadera fe cristiana --que permanece siempre en mí-- se obscureció. Y lo que me era más doloroso que cualquier otro sufrimiento, --peor aún que la muerte de cualquier mártir-- era la duda. Comencé a dudar de mi decisión y me pregunté si Él y su obra actuaban en mí...

Entonces, sentí en mi interior una profunda humildad, y más allá de este abismo, clamé al Señor y anhelé que me mostrara la misericordia que antes me había manifestado tan amorosamente, y me diera alguna señal auténtica de que su obra estaba actuando en mí...

Vino como un amigo tras los maitines... y me mostró realmente su ayuda. Así es la gracia del Señor: a quien Él quiere, envía dolor y aflicción, pero Él mismo lo conforta. A quien Él aflige, Él mismo lo regocija.

Margarita y su Dios comparten el prejuicio de su tiempo. Esto es, sobre la "muerte negra" y los judíos, pero Dios asigna la mayor porción de su reproche a la cristiandad.

El día de Todos Santos oré por los vivos y por los muertos, sobre todo por los problemas que para los cristianos acarreo la plaga. Quise saber si los judíos tenían responsabilidad en esto.

Entonces me fue dicho que aunque había verdad en esto, Dios había permitido la plaga por las grandes faltas y pecados de la Cristiandad.


Fr. Carlos Amado Luarca
Historia de la Espiritualidad en la Orden de Predicadores