Catalina de Ricci
Nació en Florencia el 23 de abril de 1522, y dos días más tarde, es bautizada con el nombre de Alejandra (Sandrina) Lucrecia Rómula. Miembro de la noble familia de los Ricci, entonces enfrentada con los Albizzi, por el control político de la ciudad, muy pronto, apenas con siete años de edad, huérfana de madre desde tres años atrás, lo que ingresa al monasterio de San Piero in Monticelli, con una tía suya, monja benedictina. Allí comienza su intensa devoción por Cristo Crucificado que se arraigará profundamente en su vida espiritual y será una de sus características fundamentales.
Contaba solamente con doce años cuando, tras una visita al monasterio de San Vicenzo de Prato (Florencia), de la Tercera Orden Regular de Santo Domingo, fuertemente influenciado por la espiritualidad savonaroliana, decide unirse a aquella comunidad y recibe, de manos de su tío Timoteo Ricci, el hábito dominicano el 18 de mayo de 1535. Fue entonces cuando tomó el nombre de Catalina.
Su elevada contemplación mística, mal comprendida por sus hermanas, hizo que fuera considerada torpe y aún incapaz de la vida religiosa, pero logró superar todas las pruebas y rechazos; y aunque los fenómenos místicos aumentaron tras su profesión, realizada en 1536, tuvo que sufrir entonces a causa de sus enfermedades, de las que fue curada milagrosamente, según refiere la propia Catalina, por intercesión de Savonarola, el 22 de mayo de 1540.
A sor María Magdalena Strozzi, su maestra, debemos el que Catalina comenzase a escribir sus experiencias místicas, —Los Éxtasis— de las que se han conservado las ocurridas entre 1542 y 1545, cuando cada semana revivía las escenas de la pasión, desde la institución de la Eucaristía hasta la resurrección, sufriendo en su propio cuerpo los dolores del Salvador, llegando, incluso a mostrar en ocasiones las marcas de los signos de la flagelación de la corona de espinas y de la crucifixión. Estos fenómenos místicos, se sucedieron ininterrumpidamente, al menos, hasta 1554.
Conocidos sus éxtasis fuera del monasterio, las autoridades eclesiásticas iniciaron una investigación, a la que Catalina respondió con una sencillez y una humildad tales, que hubieron de reconocer los signos de su autenticidad.
Elegida priora en varias ocasiones y otras muchas maestra de novicias, promovió incansablemente la reforma de la vida regular en su monasterio, siguiendo la inspiración reformadora de Jerónimo Savonarola, llevándolo a un gran florecimiento, tanto espiritual como material, en el que la comunidad creció hasta llegar a ser 160 monjas. Tuvo también gran amistad con san Carlos Borromeo, san Felipe Neri, san Pío V y santa María magdalena de Pazzi, y contribuyó con su prudencia y reserva, a la acción reformadora de sus contemporáneos, apareciendo en su tiempo como la manifestación viviente de la Pasión redentora del Salvador.
En 1552, intentó destruir las informaciones de sor María Magdalena, sin conseguirlo plenamente, iniciando a la par comenzó un fecundo apostolado epistolar del que se conservan más de mil cartas, dirigidas a los más diversos corresponsales y ambientes, aun fuera de Italia.
Después de muchos trabajos, murió el 2 de febrero de 1590, siendo beatificada el 23 de noviembre de 1732 y canonizada el 29 el junio 1746 por el papa Benedicto XIV. Su cuerpo se venera en la basílica dedicada a san Vicente Ferrer en Prato.
Los escritos de Catalina de Ricci
- Su amor a la pasión del Señor la llevó a componer con versículos de la Sagrada Escritura una meditación reposada sobre los sufrimientos de Cristo, conocida como Amici mei, que los libros corales dominicanos han transmitido y que suele cantarse cada viernes de cuaresma.
- Sus Cartas, abundantísimas, aún no han sido publicadas en su totalidad, pese a haber dos grandes colecciones, 1861 y 1890, enriquecidas en 1912. Su tono sencillo, su lenguaje popular adquiere carácter diverso según los destinatarios: menos espiritual en las dirigidas a la familia, mucho más densas de vida interior las destinadas al grupo de discípulos íntimos. Pero en todas hay un sentido de gran vivacidad y de humanidad profunda. Sin embargo, les falta toda alusión que reflejara el complejo mundo de fenómenos místicos que eran habituales en ella.
Los Éxtasis, fueron recogidos por diversas hermanas, pero en particular por sor María Magdalena Strozzi, que fue su maestra y a quien, por obediencia, tenía que revelar todas sus cosas; sin embargo, una vez elegida priora, Catalina intentó deshacerse de estas narraciones, quemando en dos veces diversas copias. Sin embargo, se han conservado las comprendidas entre 1542 y 1545.
Su doctrina espiritual fundamentalmente semejante a la de Savonarola, se caracteriza por su conmiseración frente a la debilidad humana. Recomienda la paz y la alegría para lograr un “gallardo combate” contra nosotros mismos. Para Catalina, la vida de perfección comienza con la devoción a la Virgen María. Las virtudes fundamentales, —caridad, humildad, obediencia, y paciencia—, exigen que el ama se apresure a seguir dócilmente las inspiraciones del Ángel de la guarda. El amor de Dios consiste en la conformidad con la voluntad divina, el abandono en medio de las pruebas, y llegar a amor y desinteresado. La confesión y la comunión frecuentes, la meditación de la Pasión de nuestro Señor nos liberan de las creaturas y nos elevan a la contemplación y a la unión divina.
La espiritualidad de Catalina tiene como centro a Jesús crucificado. En sus éxtasis revive sobre todo los momentos de la pasión, participando con el cuerpo y el espíritu en los sufrimientos de Cristo. El Crucificado es su modelo supremo, como afirma de ella su maestra: “Estaba hasta tal punto ligada a la cruz del Señor, que casi no pensaba en otra cosa, que no respiraba otra cosa…”. Su unión a la pasión no se limita a la relación de amor personal con Cristo, sino que es también expiación e intercesión por los otros, por la salvación de sus almas.
El convento de San Vincenzo se convierte así, precisamente por eso, en un centro de devoción a la pasión; las procesiones con el crucifijo, a menudo llevado por ella misma estando en éxtasis, se convertirán en una tradición del lugar que perdurará después de su vida. Todo esto constituye el núcleo central de la experiencia mística de Catalina, hecha de anonadamiento, relación esponsal con el Cristo de la cruz y participación en sus sufrimientos, bajo el signo de un amor fuerte y vehemente, típico de los grandes místicos.
Catalina está vinculada a la corriente de los “piagnoni”, discípulos de Jerónimo Savonarola, lo mismo que sus superiores, confesores y escritores de sus cosas, que fueron los exponentes más cualificados de la reforma savonaroliana.
Fr. Carlos Amado Luarca
Historia de la Espiritualidad en la Orden de Predicadores